Los católicos y el debate sobre el aborto libre: entre laicidad y laicismo

12/05/2018

Nicolás Lafferriere

www.tiempodeevangelizar.org

El debate generado por la discusión a nivel parlamentario de diversos proyectos de ley de legalización del aborto se convierte en ocasión para un retorno de los embates laicistas que pretenden silenciar a los católicos que opinan en contra del aborto, alegando que no pueden opinar pues de hacerlo estarían imponiendo sus convicciones al resto de la sociedad.

Una primera reflexión nos lleva a constatar que las críticas a los católicos por sus intervenciones en el debate público suelen ser selectivas. Es decir, se critica a los católicos cuando intervienen en ciertos temas, como los vinculados con la vida y la familia, pero no así cuando se manifiestan en contra de situaciones como la trata de personas, la protección de los trabajadores, la lucha contra la pobreza o el cuidado del medio ambiente. Así, por ejemplo, en junio de 2016 el Senado de la Nación distinguió con la Mención de Honor Domingo F. Sarmiento a la Carta Encíclica “Laudato Si’” del Papa Francisco sobre el cuidado del ambiente. En aquel momento no se escucharon críticas al Senado, ni se percibió esta distinción como una indebida injerencia de lo religioso en los asuntos temporales. Vale recordar que esta encíclica tiene una firme defensa de la vida por nacer: “120. Dado que todo está relacionado, tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto. No parece factible un camino educativo para acoger a los seres débiles que nos rodean, que a veces son molestos o inoportunos, si no se protege a un embrión humano aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades: «Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social».”

En este punto, parece como si la sociedad tecnocrática quisiera silenciar la opinión de la Iglesia que viene a poner en evidencia la centralidad de la persona humana y su dignidad inviolable. Lógicamente, resulta difícil silenciar a la Iglesia cuando se refiere a temas sociales como la pobreza o la explotación de personas, de allí que se elijan otros terrenos para pretender callar sus intervenciones. Pero no se advierte que la agenda de la Iglesia es una y se vincula con la dignidad de la persona humana, ya sea por nacer o nacida, en todo lo que supone una afectación de esa dignidad.

La selectividad también se manifiesta en algunos que aceptan intervenciones de católicos cuando se pronuncian a favor del aborto. Así hemos escuchado a un grupo autodenominado “católicas por el derecho a decidir” que utiliza ese nombre sin las debidas autorizaciones y abiertamente contraría las claras enseñanzas de la Iglesia Católica, pero que es admitido como integrante de las organizaciones a favor de la legalización del aborto.

Igualmente, la crítica lleva a la discriminación de las personas en razón de su religión. Es decir, una persona de otra religión, o atea, está habilitada para opinar sobre el aborto. Pero los cristianos en general, y los católicos en particular, no lo están. Ello no tiene un motivo racional y obedece a la finalidad de lograr el objetivo de la legalización del aborto sin obstáculos.

Entre laicidad y laicismo

En el fondo, detrás de esta crítica a los católicos subyace el debate entre laicidad y laicismo. Mientras que el laicismo es una ideología que discrimina a las personas religiosas y pretende reducir sus creencias al ámbito puramente individual, la legítima laicidad es una visión sobre la sociedad que considera positiva la distinción entre Iglesia y Estado, pero que fomenta estilos de cooperación mutua entre las esferas religiosa y temporal. Así, la laicidad valora los aportes que las personas con convicciones religiosas hacen a la discusión de los temas públicos.

Para los católicos, el aporte que se hace en un texto de legítima laicidad no se basa en los argumentos teológicos, sino sobre todo en las cuestiones que surgen desde la legítima autonomía de las realidades temporales. Así, un médico católico aporta su saber científico sobre el inicio de la vida y sobre todos los medios terapéuticos que permiten salvar la vida. Un filósofo católico enriquece el debate con las explicaciones sobre la noción de persona y la inviolabilidad de su vida. Un abogado católico explicará las razones de justicia que llevan a sostener el derecho a la vida como límite infranqueable para una convivencia pacífica y los derechos implicados en estos debates.

La laicidad no significa tampoco que los pastores deban quedarse callados cuando se debaten estos temas. Sus intervenciones son justas y pueden llamar la atención sobre las exigencias de la justicia y la dignidad humana en relación al valor de la vida.

Desde ya, los católicos tendrán doble motivo para trabajar por la defensa de la vida. Lo hacen desde sus conocimientos de orden natural y también por la convicción que les viene dada por el Evangelio de la Vida, por la fe en el Señor Jesús que se hizo hombre en el seno de María y con su Pascua redentora vino a traer Vida en abundancia, haciéndonos partícipes de la comunión trinitaria. Sostener que la Resurrección de Jesús ofrece un horizonte pleno y verdadero a la vida humano no significa un menoscabo de la laicidad, sino que es un aporte que, primero, renueva las convicciones y fuerzas de los cristianos para comprometerse en favor de la vida, y por otro lado, puede ser propuesta que abra la posibilidad de diálogo con personas de otras creencias.

En el debate sobre aborto está en juego una cuestión de la máxima importancia social: el valor inviolable de la vida humana. Participar comprometidamente en este debate es un compromiso que obliga a todos los cristianos, que se saben servidores y anunciadores del Evangelio de la vida. No podemos callar lo que hemos visto y oído.

Para terminar, podemos citar la enseñanza del Concilio Vaticano II en el n. 76 de Gaudium et Spes: “Es de suma importancia, sobre todo allí donde existe una sociedad pluralística, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia… La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana. La Iglesia… predicando la verdad evangélica e iluminando todos los sectores de la acción humana con su doctrina y con el testimonio de los cristianos, respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad políticas del ciudadano… Es de justicia que pueda la Iglesia en todo momento y en todas partes predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina social, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, utilizando todos y solos aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y de situaciones”.

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